Reseña.- GLITTER WIZARD.- «Opera villains»

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En activo desde hace 10 años, los californianos GLITTER WIZARD publican su cuarto álbum «OPERA VILLAINS» vía Heavy Psych Sounds. ¿Estamos ante una banda glam? ¿metal? ¿Stoner rock? ¿Psicodelia? ¿Progresiva? Durante todos estos años, la gente ha estado tratando de identificar a GLITTER WIZARD, pero esta banda de San Francisco se niega a ser encasillada. Extrayendo influencias de todo el cañón del rock pesado, G Wiz combina riffs de guitarra abrasadores y sintetizadores espaciados para crear algo familiar, pero completamente nuevo y extraño. Trayendo el calor que hemos esperado de ellos, pero agregando  una capa de dramatismo que no hemos escuchado antes, el quinteto presenta diez temas en los que están presentes tanto el heavy-rock de los ochenta, los sonidos progresivos de los setenta, el proto-metal sabbathico, incluso momentos underground en los que Clutch aparece de soslayo. Cortes acústicos y momentos de metal progresivo que co-habitan con la psicodelia el hard-rock más clásico y pegadizo. El glamour del heavy-glam junto al folk progresivo más melancólico. Solos virtuosos que luchan con efectos o con el sinfonísmo bucólico sin desdeñar un buen derroche de fuzz.  Toda un mezcla que por momentos puede parecer incoherente, pero con la que obtienen un resultado atractivo renunciando a los estereotipos. Letras en tonos ocultistas que son soportadas por unos sólidos cimientos de pesados riffs.

A caballo entre el heavy-metal ochentero y los primeros Sabbath, «A spell so evil» es todo un puñetazo en el pecho.

Más instalados en los sonidos heavy-progresivos de los setenta, «Toxic lady», con sus melodías vocales nos traladan a oscuros pasajes con unos solos de guitarra que van modulando sus formas desde el fuzz, junto a un notorio bajo. introduciéndonos en un bosque progresivo, nos hechizan con solos virtuosos que poco a poco nos van devolviendo al los 80. La apuesta por la melodía contrasta con la vocación psicodélica de alguno de sus pasajes.

Si GLITTER WIZARD van por libre, en «Fear of the dark» lo dejan claro. Un tema acústico que me recuerda a los Uriah Heep más calmados.  Arrimándose al lado folk, los falsetes vocales le dan un aire de bucolismo a un tema interpretado dejando al aire los sentimientos.

Frenéticos y dinámicos, el hard & heavy galopa a toda velocidad en «Ten foot man». Con multitud de efectos y distorsiones así como una batería insaciable, le ponen unas dosis de estimulantes para darle un toque más lisérgico. Un tema en el que los californianos se vacían. 

El sonido Sabbath es evidente en «March of the red cloaks». Una base rítmica que ondula a los dictados de la batería de Fancy, mientras los teclados y las guitarras nos aturden. Corte envolvente y pesado.

Dando un nuevo giro a la trama, los acordes de piano y la voz de Wendy Stonehenge van construyendo un cuadro de melancolía en «Rats». Tres minutos de clasicismo y tristeza con una guitarra que se intuye sutilmente en la lejanía. 

Evidentemente si escuchas el disco poniendo los temas al azar puedes llevarte distintas sensaciones sobre su sonido. Seguramente hay reside el mérito de este disco. Descolocar al oyente con sonidos que aparentemente no tiene mucha conexión. Solo basta escuchar «Dead man´s wax». Un tema que saca de las alcantarillas a GLITTER WIZARD, para vomitar un corte underground con vocación punk. con momentos cercanos a Clutch, los teclados envuelven con un manto espeso un tema en el que el rock desértico, el metal, y otras resonancias conviven en armonía dentro de su eclecticismo. Los instintos más primarios del quinteto salen a relucir aquí.

La combinación de elementos parte de una forma majestuosa en «Hall of the oyster king».  Imponentes y monumentales conjugan momentos progresivos, con hard y heavy-rock a los que tras la oleada de riffs pesados añaden unas gotas progresivas mediante el apacible sonido de la flauta soportada por solos virtuosos y teclados y sintetizadores protectores. Una robótica batería observa atentamente amenazante. Otra brillante y original forma de componer un tema en el que la épica está presente.  

«Prelude to a duel» y «Warm blood» suponen el regreso a los escenarios más progresivos de la banda. En el primero de ellos, bajo tonos acústicos con tintes folk, van introduciendo  un corte en el que la guitarra acústica y la cálida voz nos devuelve a momentos Uriah Heep, Con un nuevo giro se cambian a la autopista del metal melódico, para una vez extasiados, retomar un color progresivo en el que las voces y coros vuelven a llamar a la épica. Como si fuera un himno, van moldeándolo y adornándolo con ornamentos de distinta procedencia. Nuevamente la épica está presente. 

 

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MOTORPSYCHO.- «The crucible»

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Casi treinta años en la carretera y decenas de discos publicados, hacen que cada nueva entrega de los noruegos MOTORPSYCHO sigue siendo algo para celebrar. Una de las bandas que más capacidad creativa dentro de la escena underground que gusta de la psicodelia y los sonidos alternativos. Poco mas de un año ha  pasado desde la publicación de «THE TOWER» y ahora ve la luz «THE CRUCIBLE» via Stickman Records.

Como si hubieran tomado el elixir de la juventud, el trio derrocha inspiración y versatilidad en un trabajo que parece una continuación de su anterior disco. Los propios músicos afirman que la incorporación a la batería de Tomas Järmyr y su juventud, dieron un cierto enfoque distinto, y para ellos fue un soplo de aire fresco que reflejan en sus composiciones. Ahora se sumerguen en el rock progresivo de los setenta con una maestría al alcance de muy pocos. Siempre he pensado que MOTORPSYCHO se parecían de alguna manera a Frank Zappa. Tanto el californiano como los noruegos, de cada tema que contruyen, cualquier otro músico podría hacer un LP doble. Su capacidad creativa parece infinita, y eso queda patente en los tres temas que componen «THE CRUCIBLE». Un disco en el que podemos encontrar muchas influencias de  Yes, o de los King Crimsom más experimentales. De aquellas cenizas, y de su particular forma de componer, crean su propio legado musical para gozo de generaciones venideras, creando con sus discos todo un campo para explorar y aprender. Y para los que no somos músicos, nos queda el gozo de escuchar y disfrutar sus composiciones.Si eres amante del rock progresivo de los setenta no deberías de perderte ésto; y si nunca has experimentado con esos sonidos, ésta tu oportunidad. En cualquier caso este álbum, ¡¡¡¡¡ no lo puedes dejar pasar!!!!!

«Psychotzar», con sus casi nueve minutos nos introduce en el disco con potentes riffs de corte stoner, antes de comenzar su exploración por las vibraciones progresivas. Un sonido impecable desde los primeros acordes nos lleva en volandas a espacios propios de Yes en una personal visión del territorio hard-progresivo en el que se están moviendo. Una atronadora base rítmica se ve violentada por los hirientes solos de la guitarra de Hans Magnus Ryan, mientras su voz ahogada pero dulce y penetrante, sirve de bálsamo a la solida base rítmica. Dentro de esa poción progresiva, añaden una gotitas de psicodelia para que el brebaje sea eficaz y perfecto. El corte conjuga  pesadez, creatividad, maestría y dominio de sus instrumentos. Las melodías son de fácil digestión para los no iniciados en la complejidad que a veces tiene el sonido de la banda. Tras la tempestad generadada con sus complicados giros musicales, descienden a ensoñadores valles oscuros, que llenan de fantasía y mágia en tonos intrigantes, para en un nuevo giro argumental, mostrar todo su poderío. Enorme tema para empezar el festín.

La guitarra acústica que abre «Lux aeterna» sirve de soporte a unas cálidas voces que se inclínan a las sinfonías más apacibles. La incormporación del sonido del mellotron hace que nos vengan a la mente muchas grandes bandas de la escena progresiva de los seteneta. Cuando aquellas vibraciones se definían como rock sinfónico. Con una omnipresente aura melancólica,  el tema va progresando evolutivamente.Sutiles sonidos de saxo se intercalan entre la complicidad del bajo de Bent Saether y la batería de Tomas. Un sonido añejo como el buen vino, que entra en la paranoia esquizoide recordandome a King Crimsom en aquellos momentos de histrionismo tan dificiles de asimilar para los no inciados en estos sonidos experimentales. Una autentica locura en la que parece que los instrumentos han perdido la razón en una huida hacia adelante. Una habitación del pánico en la que cualquiera que entre le pondrán la camisa de fuerza. Tras la enajenación transitoria, el trío vuelve a esas atmósferas progresivas en las que las guitarras vuelven a aullar en un canto desesperado, para decaer a los momentos más sinfonicos retomando el punto del que partieron al comienzo del tema. Con momentos que vuelven a recordarme a King Crimson o a los mismísimos Camel.

Los veinte minutos de «The Crucible», es el escenario que sirve para que MOTORPSYCHO contruya un eidficio sonoro de proporciones monumentales.  Un nuevo viaje a través de melodías sinfónicas en las que algunas bandas alabadas en su momento podrían verse retratadas. Pero ojo, cuando hablo de verse retratadas, quiero decir que la majestuosidad de estos chicos harían que sus logros menguarian ante tamaña grandeza. De nuevo ecos Yes, en complejas estructuras con armonías llenas de magnetismo. Nuevamente estamos ante esa música purificativa, que sirve para que nuestras cuerpos generen dopamina. Creo que la industria farmaceutica debería plantearse la creación de medicamentos con las partituras de estos chicos. si encontramos sonidos que nos son familiares, MOTORPSYCHO es una banda que se parece a sí misma, aunque puntualmente su musica pueda evocarnos a alguien. Siempre fieles a su monumentalidad, no renunciando nunca a experimentar. Con dosis de rock espacial, con pinceladas psicodélicas, con enrevesados momentos avant.garde, pero manteniendose fieles a la vocación progresiva del álbum. Sacando el hard-sinfónico de su morada de confort, para vestirlo con las mejores galas posibles. Tejiendo con su base rítmica un tejido sonoro impenetrable, la guitarra consigue hacer paso con sus afilados solos. el resultado es un tema en el que la épica está presente con una apoteósica parte final. Logran crean un paisaje sonoro en el que la paleta de colores es infinita, pero su resultado es apoteósico.   

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