Reseña: GEEZER.- «Groovy»

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«GROOVY» es el quinto álbum del trío de Nueva York, y en él podemos encontrar una evolución en la banda. Probablemente tomando un camino más directo, los temas del álbum dejan de lado las típicas jams que encontrábamos en sus trabajos anteriores para construir canciones más estructuradas y definidas de lo que habían hecho hasta ahora. Fuzz cósmico y psicodelia, con algo menos de blues para transmitir el aroma del desierto siguiendo la estela de Brant Bjork, y todavía con crudo sonido de  WO FAT en su punto de mira. El nombre del  álbum refleja a la perfección una de las características de su contenido. Ese fantástico «groovy» con el que todos temas fluyen bajo ritmos pegadizos que te enganchan con menos pesadez de la que nos tenían acostumbrados.  El mayor equilibrio de las composiciones hacen que sigamos estando antes un álbum muy apetecible, con canciones que estimulas los músculos del oyente en una invitación al baile en la mayoría de los temas.   La solidez de los riffs de Pat Harrignton siguen presentes con la solidez de una roca, con sus aristas afiladas entre las bacanales de fuzz del crujiente bajo de Richie Touseull y esos coloristas ritmos de los tambores de Steve Markota. «GROOVY» supone en cualquier caso todo un viaje cósmico por las arenas del desierto con húmedos vientos narcóticos llegados de los efluvios de los pantanos. Disponible vía Heavy Psych Sounds Records

GEEZER son: Pat Harrington (guitarras y voz), Richie Touseull (bajo) y Steve Markota (batería y percusión).

Con fuertes tambores y ese fuzz crujiente sobre un ambiente cósmico “Dig” nos invita a un viaje al desierto. Un ritmo cadente con la ruda voz de Pat se soporta sobre un tema construido sobre un riff que se repite constantemente. El tema resulta pegadizo reflejando el difuso sonido del trío neoyorkino y en él aflora algún solo hiriente entre su cegadora vocación arenosa.

“Atlas Electra» refleja a la banda más reconocible. Deleitándose más con los solos de su guitarra y con una voz mas susurrante crean una atmósfera lisérgica al estilo al que nos tenían acostumbrados en sus anteriores trabajos. Siempre con el viento del desierto en el ambiente, impregnan de blues pantanoso un corte aturdidor y narcótico a su vez. El grueso sonido esconde un tema más sosegado, pero consiguen que esa neblina persistente le dote de gran cuerpo.   Sin perder ese groovy tan característico de todo álbum en la parte final recibe aromas sureños con una guitarra que se desdobla una y otra vez.

Entre efectos y distorsiones, “Dead soul scroll” se muestra más sosegado. Bajo un tono más chamánico el tema parece introducirse en un bosque psicotrópico que prescinde de ese sonido crujiente de los cortes anteriores dejando más espacios a los desarrollos de solos de guitarra más pronunciados.

Retomando los ecos del desierto “Awake” refleja en sonido que Brant Bjork viene ofreciendo en sus últimos discos. El tema fluye con elementos de hard, de blues y de desert-rock en sus surcos sin perder el aura psicodélica que siempre aparece en los temas de GEEZER.

“Groovy” esta formado por ecos de hard-rock de origen 70’s. Enérgico y pegadizo, el tema se muestra como la banda sonora perfecta para una fiesta en el desierto. Como si The Rolling Stones se vistieran de Kyuss el tema es una toda invitación al baile.  

“Drowning on empty” es un corte de crudo rock primitivo stoner que se modula con la voz y que según avanza pierde su rudeza para volverse más ácido.

Con voces ecualizadas entre nebulosas netamente heavy-psych «Slide mountain» nos ofrece un apacible paseo por una espacio boscoso en el que los hongos mágicos afloran repartiendo dietilamida bajo calmados y reconfortantes desarrollos lisérgicos.  

«Black out» es un fornido y grueso tema desértico lleno de fuzz humeante. Pesado y arenoso tiene el blues en sus genes. Con la repetición constante del riff sobre el que se construye. Golpeándonos reiteradamente la guitarra se torna más ácida hasta invitarnos a pasajes netamente psicodélicos conjugando las señas de identidad del trío. Fuzz, gruesos ritmos, blues e infecciosos pasajes heavy-psych para acabar en una especie de jam en la que la guitarra de desdobla desangrándose entre pedales y efectos.

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Reseña: RIDER NEGRO.- «The Echo of the desert»

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Para un gran amante como yo del sonido que nos legaron THE DOORS y en especial su cantante Jim Morrison, fue toda una alegría el descubrimiento de la banda mexicana RIDER NEGRO semanas atrás. Ahora, un tiempo después podemos disfrutar de su primer álbum «THE ECHO OF THE DESERT». Un trabajo conceptual en el que la mística del desierto se refleja en calmados y desgarradores temas en los que el legado del «Rey Lagarto» queda patente en los registros vocales de Tiaca Serrano, su cantante y guitarra. Diez canciones que serpentean por estados sensoriales más propios de un viaje de peyote lleno de misticismo, en el que la transición entre el día y la noche relatan el devenir de la vida como un ciclo perpetuo.  Temas que fluyen con calma entre los cactus y la soledad del desierto bajo acordes de blues, de jazz, rock clásico, ritmos latinos, pero fundamentalmente de esa psicodelia chamánica que Morrison nos ofreció décadas atrás. Las canciones serpentean entre ritmos que unas veces se recuestan en ese espíritu latino cercano incluso a Santana con delicadas melodías de guitarra,  y otras prefieren dejar paso a atmósferas más propias de Pink Floyd, como sucede en «The wizard», un tema dividido en cuatro partes y que bien pudiera ser una transición de Morrison más misterioso con el legado psicodélico de la banda del  fluido rosa en un viaje al desierto de Sonora. Otro elemento distintivo del sonido de la banda es el tono vintage que aporta a su órgano Israel Baez, tomando como referente los característicos ecos de los temas de  Ray Manzarek. Sobre esos dos pilares fundamentales en la personalidad de la banda, y teniendo en cuenta que fueron los primeros fundadores de la misma, el trabajo de Miguel Vázquez con su hipnótico bajo, y la versatilidad de Zaid Gutierrez a la batería, hacen que el álbum tenga una consistencia notable en todas sus composiciones. Al margen de esto, sobre todo el espíritu chamánico que transmite cada una de las canciones, hacen que el oyente pueda sentirse partícipe de ese ritual alegórico en el que el Sol tiene un gran protagonismo. Estamos ante un álbum lleno de misticismo y señales que nos invitan a esa comunión con las fuerzas de la naturaleza, y especialmente de su amor al desierto con su lado más misterioso. «THE ECHO OF THE DESERT» es un álbum que ningún amante de THE DOORS debería perderse. 

«THE ECHO OF THE DESERT» fue grabado en StudiOz MixandMaster Estudio y ha sido auto-editado por la banda a la espera de que algún sello se anime a su producción. 

Los sonidos de la noche desértica abren “Fires at the cosmic dawn”. Emergiendo chamánicamente entre los cactus el tema comienza evocando los ecos del desierto. La voz de Tiaca Serrano emulando al Rey Lagarto entre acordes de western es arropada por un cielo estrellando que va dejando paso a la luz del alba bajo un cadente ritmo y un teclado que ritmo que trasviste su sonido como si fuera un llanero solitario tocando su armónica. Tonos vintage que se van abriendo a la luz de ese soleado amanecer. Ya desde el primer tema encontramos la admiración que estos chicos tienen por The Doors. Un sonido evocador que se adorna con brillantes solos de guitarra en su parte final.

“Dry & Soft”, nuevamente bajo susurrantes pasajes, va arrullándonos entre los acordes del hipnótico bajo de Miguel, y ese penetrante sonido de órgano salido de las entrañas de un tema que fluye con calma. Sin prisa para ligar el tema, el ceremonial parte con la cálida y sugerente voz de Tica Hechizándonos e incrementando la intensidad con al aura de Ray Manzarek en los teclados. Todo un trance lisérgico más propio de una ingesta de peyote invade la canción entre desgarradas proclamas vocales entre acordes de blues psicodélico. Como si estuviéramos en el desierto de Sonora en pleno “viaje” psicotrópico el corte juguetea con distintos cambios de ritmo sin perder su aura psicodélica. Toda una huida desesperada llena de fuerza marcada por la reencarnación de Morrison en una especie de nuevo “verano indio”-

En delicados tonos jazz, “El buitre” a través de medios tiempos y el penetrante sonido del órgano el cuarteto juega de nuevo con una calma que toma elementos del blues y ritmos latinos. Con gran frescura, la percursión colorea los elegantes pasajes retozando con la psicodelia en un segundo estrato sonoro. Caramente el espíritu de músicos latinos como Santana quedan patentes en la apuesta de RIDER NEGRO. En tema está cantando en espaol lo que le aporta otro elemento más de esa reavivación del sonido de su tierra.

Ahora sobre acordes blues “In an ancient zigurat” se ejecuta sobre una tenue luz. Ecos jazz sobre delicadas melodías hacen que la banda se aleje de los riffs pesado y estridentes para contonearse seductor entre aterciopelados momentos en los sentimientos salen a flor de piel. Un largo tema que transcurre entre vaporosas atmósferas que paulatinamente se van tornándose más lisérgicas hasta convertirse casi en una jam blues psych. Con una guitarra que se retuerce y serpentea con mil matices y tonos que van desde el blues a los ritmos latinos. Aquí la percusión tiene un gran protagonismo entre esa neblina que va creando el ´órgano antes de recuperar el espíritu doorsiano innato en la banda.

Tras los tres temas anteriores en los que nos ofrecido distintas caras de su apuesta musical, RIDER NEGRO crea un tema dividido en cuatro partes a modo de suite. “The wizard”.

En la primera de las partes, “Prelude to the dream”, las locuciones en español  entre efectos envolventes van creando el ambiente de misterio para el desarrollo del tema.

“The world within” con poco más de un minuto se deleita en pasajes floydianos de teclados en tonos casi celestiales.

Continuando con el latido de la banda del fluido rosa, y evolucionando en un génesis, “Beta orionis”, la tercera de las partes nos ofrece un hipnótico trabajo de bajo y afilados pero delicados solos de guitarra como preludio de una erupción en la que The Doors se visten de Pink Floyd para meditar en el desierto de Sonora.

Esto es solo la preparación de la cuarta parte del tema, “Path to the core”, en la que a través de ocho minutos ya desarrollan todo su potencial emanando esa fragancia doorsina con la soledad del desierto como testigo de alucinógenos pasajes con un cadente y repetitivo ritmo. Intensificando y volviéndose cada vez más pesado, los momentos de psicodelia luminosa se mezclan con el blues en un mestizaje que parece ser innato en la banda mexicana. Siempre guiado por el sonido del órgano el tema desciende a acolchados prados de psicodelia reconfortante en las que afloran bellas melodías. La guitarra aquí se viste de tonos vintage en un serpenteante y rítmico peregrinar a un nuevo espacio de luz. Pasando por distintas fases logran completar un atractivo y logrado tema con el que la banda deja patente todo su potencial.

Si algo tiene RIDER NEGRO es su espíritu místico, y “Tehran conjuring” nos da muestras de ello. En un oscuro canto misteriosos y chamánico ejecutan todo un ritual en el que el hechicero parece invocar a las fuerzas de la naturaleza con sus plegarias. El aroma de la noche del desierto se palpa en sus delicados y misteriosos acordes.

El tema que cierra el álbum y que da nombre al mismo “The echoe of the desert», fluye entre efectos con pulsantes acordes de bajo y platillos chispeantes. Estamos ante otro ritual como homenaje al vasto y solitario desierto, algo que se percibe en su triste melodía.  

Adoptando momentos western, y bajo ese ritual de los tambores, los coros elevan sus plegarias, en ese devenir de la vida y la muerte en un ciclo perpetuo. La sombra de The Doors se refleja ahora con una mayor nitidez en los desarrollos de órgano herederos de Ray Manzarek. Como si de un sombrío tema de los californianos, el aura mística ceremonial preside el corte con lánguidos pasajes evocadores de los cactus en su soledad custodiando la historia del jinete que vivía cuya morada era el astro Sol.

Reseña: BRANT BJORK.- «Brant Bjork»

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El padrino del desierto sigue reflejando su legado en su álbum homónimo «BRANT BJORK». Con trece álbumes a sus espaldas, y mas de veinte años de carrera, a estas alturas ya no necesita reivindicarse ante nadie, y así queda reflejado en un trabajo en el que él mismo compone y toca todos los instrumentos. Cada vez más enraizado en sonidos funk, el propio BRANT manifiesta que este trabajo es su verdadera naturaleza creativa. Atrás quedaron aquellos momentos en los que los ritmos pesados tenían un mayor protagonismo. En estos momentos BRANT BJORK se encuentra en un periodo de madurez, y esto se refleja en temas posiblemente mas pausados, pero no por ello exentos de fuerza. Si hay algo que me llama la atención del álbum, es la capacidad rítmica que tienen todos los temas, algo que ya venía mostrando en sus últimos trabajos. Sus inicios como batería quedan patentes en la imperturbable base rítmica en la que se desenvuelven las canciones. Ritmos pegadizos con un fantástico groovy contagioso que acaban por atraparte en cada tema. Ese el principal aval de un álbum que contiene temas sencillos, y ahí precisamente radica su grandeza. No todo el mundo es capaz de transmitir tanto desde la sencillez, olvidándose de complejas estructuras compositivas. Aquí queda patente aquello de… «menos es mas». «Mr. Cool» logra combinar los ecos del solitario desierto en el que compuso el álbum, con los aromas de los pantanos en temas que toman pequeñas dosis de blues y de psicodelia. Los temas fluyen orgánicamente sin ningún tipo de prisa, atascándose en armonías repetitivas sobre un gran trabajo de producción con el que consigue que todo suene a su gusto. Mayoritariamente las canciones se presentan cristalinas y cálidas, arrulándonos gracias a su peculiar registro vocal. (Evidentemente no estamos ante el mejor cantante del mundo, pero su voz tiene esa magia que consigue engancharte), pero también podemos encontrar momentos de crudeza en un sonido particular en el que puntualmente también afloran vibraciones de músicos tan dispares como Hendrix, Tony Joe White o incluso Marc Bolan. Sin perder su esencia stoner, las vibraciones y ritmos de los setenta parecen cada vez mas presentes en sus últimas producciones. Seguramente no estamos ante un trabajo que quede en los anales de la discografía de BRANT BJORK como uno de sus destacados, pero sí ante un álbum que nos dará cuarenta minutos de buenas vibraciones con el desierto y sus sensaciones siempre en su punto de mira. 

Producido por Yosef Sanborn y Brant Bjork Grabado y mezclado por Yosef Sanborn en The High Desert Funk House, Joshua Tree, CA. del 11 de noviembre al 3 de diciembre de 2019. Masterizado por John McBain, JPM Mastering, San Francisco,  «BRANT BJORK» está disponible vía Heavy Psych Sounds.

Con ese característico groovy funk al que nos tiene acostumbrado en los últimos tiempos “Jungle in the sound” nos impregna de un olor a pantano en cada acorde. Siempre sin perder el ritmo, cada verso tiene su espacio entre los suaves acordes y la arena del desierto en la distancia. Sin tomarse ninguna prisa, los acordes de la guitarra emergen con brillantez de los ritmos del desierto traídos por el espeso sonido del bajo. Con sutilezas y sin estridencias de ningún tipo crea un corte colorido que suena al Bjork más auténtico.

“Mary (You’re Such A Lady)” mantiene el ritmo del corte anterior, esta vez aumentando la gravedad de ese bajo hipnótico y atrayente. Mas pesado y repetitivo, Brant transmite sosiego con su cálida voz entre elevaciones corales. Siendo comedido con la guitarra, en la parte final aparecen esos solo coloristas y afilados. La capacidad del californiano para hacer que un corte aparente monótono resulte a efectivo es digna de todo elogio, ya que consigue atraparnos en la pegadiza melodía. Aquí se percibe nítidamente el cuidado con el que Bjork trata la base rítmica, uno de sus principales avales.

Evocando a la soleada California, “Jesus was a bluesman”, nos traslada al sonido soft-rock de los 70’s. Jugando todavía más con la melodía crea una canción susurrante que nos acaricia con cada estrofa. Casi por una senda pub-rock en fornido y hechizante bajo marca el tempo del tema. Sacándose de la chistera esa luminosa guitarra los ecos del desierto permanecer de una forma subliminal, o no tanto…

Con la vista puesta en Hendrix, “Cleaning out the ashtray”. Ofrece la versión más cruda de Bjork. Menos complaciente en la melodía y sin renunciar al pegadizo ritmo funk, la batería aparece de manera milimétrica, casi robótica. Sobre una estructura repetitiva, vuelve a crear otro pegadizo tema bajo un sonido desértico.

Con crujientes riffs y tambores que retumban una y otra vez, “Duke of dynamite” vuelve a desarrollarse entre cactus y secarrales con el sol en todo lo alto.  En una efectiva combinación de stoner y con momentos en los que inevitablemente T. Rex me vienen a la mente, consigue otro corte de lo más pegadizo y hechizante. En esta ocasión incorpora más elementos psicodélicos insertado entre la crudeza intrínseca d un tema que bien podría ser una perfecta banda sonora para conducir por las largas rectas del desierto.  

“Shikin’ now” es toda una invitación al baile. El espíritu funky se muestra entre ritmos pegadizos y cálidas voces y coros. Un cierto aroma chamánico dota al tema de las dosis lisérgicas apropiadas.

La ceremonia del vudú del desierto se desarrolla en “Stardust & diamonds eyes”. Riffs hipnóticos repetidos una y otra vez de los que acaban emergiendo guitarras ácidas. Sin estridencias consigue fusionar el legado de Tony Joe White con su propia identidad, entre acordes de blues psicodélico. Un caminar cansino que trata de coger brío entre notas de color.  

El álbum cierra en tonos acústicos con “Been so long”. Un susurrante tema en el que la sugerente voz de Brant nos arrulla entre melodías aterciopeladas sobre una estructura simple y sencilla.

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Reseña: MOOCH.- «Hounds»

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Originarios de Montreal, MOOCH, en su debut de larga duración «HOUNDS», deposita su sonido, tanto en las vibraciones emanadas del desierto californiano como de los efluvios del blues de los pantanos. De esas aguas parece emerger una nueva reencarnación del Rey Lagarto en la voz de Ben Cornel para ofrecernos magnéticos temas de heavy blues stonerizados que combinan vibraciones llegadas del siglo pasado con registros mucho mas contemporáneos en los que no falta algún momento grunge.  Un álbum que te atrapa con cada tema y en el que encontramos dos puntos de referencia irrefutables, Jim Morrison y Brant Bjork. Puede parecer una puesta arriesgada, pero los canadienses acaban conjugando perfectamente ambas influencias para construir un trabajo impactante. Arenosos vientos del desierto en una ceremonia en la que el blues más pesado pone la banda sonora entre humos narcóticos. Un ambiente chamánico en el que los temas fluyen entre ritmos llenos de «groovy» y fuzz intoxicante con la mirada puesta en la California más soleada. Con momentos en los que coquetean con el doom, entre temas de blues intenso y desgarrador, sus pegadizos temas se ejecutan con esmero no olvidándose de la importancia de las voces y coros, algo que demasiadas veces pasa desapercibido en muchas bandas. A lo largo del álbum podrás encontrar múltiples momentos en los que el sonido de Seatle baile en una danza ritual con el blues del delta bajo vibraciones mas propias de The Doors (innegable la comparativa con el registro vocal de Morrison), Hendrix, Zeppelin, Kyuss, o incluso Sabbath y Colour Haze te venga a la cabeza, lo cual no significa que estos chicos tengan su personalidad propia, y de ahí precisamente viene toda su grandeza. La mística de «HOUNDS» hace que estamos ante uno de los debut más destacados de lo que llevamos de año. 

El álbum fue conceptualizado como un disco en bruto, mostrando la verdadera sensación de la composición de la banda y la personalidad de los gritos en el escenario. Fue grabado en vivo como un dúo de guitarra / batería en el desierto de California. Sin pistas de clic, sin edición, sin instrumentos digitales. El bajo se agregó de nuevo en Montreal y el registro se devolvió a Seattle para ser mezclado. Finalmente el álbum fue enviado de vuelta a casa para Montreal para dominar. Brant Bjork desempeñó el papel de productor de la vieja escuela y  organizó con su Jalamanta Studio y su equipo: el productor Bubba Dupree e ingeniero Yosef Sanborn de MassiveFX Pedals. Además de ser el jefe de ambiente de toda la operación, Brant fue mentor y todo alrededor del tipo más genial para pasar el rato mientras haces un disco.

MOOCH son: Ben Cornel (Guitarra, Voz), Julian Iacovantuono (Bajo, coros)Alex Segreti (Batería y  coros), y como invitado a la guitarra Joe Segreti.

El álbum abre con “Mantra”, un título que no podría describir mejor el contenido del tema. Un corte en el que el espíritu del Rey Lagarto regresa a la tierra para introducirse en su cantante.  El tema bien marcado por ese registro vocal que nos recuerda al Jim Morrison más chamánico sobre armonías de blues psicodélico. Un tema lleno de magnetismo que se eleva por el sendero de sus riffs stonerizados. Los canadienses nos presentan un corte que bien podría definir el sonido que The Doors tendrían en el siglo XXI. Completamente hechizante.

Mas fornidos, pero sin perder el aroma a 70’s “She’s black hole» gravita entre ritmos pesados y magnéticas melodías heavy-blues. Con pasajes de fuzz humeante y tambores grandiosos los sonidos difusos del desierto avanzan cadentes, entre efluvios de peyote para descender a hechizantes momentos de una calma impostada que acaba explotando en una gran deflagración en su parte final. Un blues stonerizado de gran solidez compositiva.

Retomando el legado de The Doors, “Blue man’s fase” evoca la velocidad de las autopistas californianas en un paseo con el desierto en el horizonte. Sin perder ese “tempo” rítmico, los canadienses construyen un corte que se desarrolla entre nebulosas de fuzz bajo dinámicos ritmos pegadizos. Una efectiva combinación que se torna más heavy-psych en su parte final con hipnóticos acordes y ritmos serpenteantes. La soleada California parece reflejarse con gran acierto en el espíritu del tema.

“Lucid” se muestra como un corto tema de psicodelia aromatizada en línea Colour Haze que hace reposar nuestras pulsaciones en acolchados pasajes instrumentales de gran belleza.

Por la senda del heavy-blues, “Torn up” se sumerge en los pantanos con ecos stoner en el ambiente. Un gran trabajo de bajo arropa un tema en el que encontramos el resurgir del Rey Lagarto. Emergiendo de las aguas entre efluvios narcóticos y psicotrópicos.  

“Super big things” juega con pasajes stoner y dulces melodías en una combinación de lo mas efectiva que hace que el tema pase la fuerza y pesadez a la calma lisérgica antes de retomar la senda pesada y difusa entre nubes de fuzz.

“Giant lady fingers” nos devuelve a ese heavy-blues stonerizado en el que tan bien se desenvuelven MOOCH. Coros muy logrados y efectivos se debaten en un sonido grave y pesado entre atmósferas humeantes y la sombra de Morrison siempre presente.

Instalados en ese espacios heavy-blues en los que tan bien se mueven, “Feel Good” deja un gran protagonismo a la voz sobre un esquema de blues clásico, en el que el poderoso bajo de Julian Lacovantuono nos golpea con contundencia. Lento y plomizo, el corte serpentea con sus registros vocales entre la densidad arenosa.

Ensoñadores pasajes llenos de magia relatan el ocaso en el desierto bajo chamánicas voces que parecen invocar a los espíritus impregnados de peyote en “Residen sleeper”. Con momentos casi doom, el tema nos arrolla entre cantos rituales en los que el blues sigue presente. Una ceremonia que acaba por arrollarnos a cámara lenta.  

Con una cadencia mas propia de Brant Bjork, no en vano tuvo que ver en la producción, “Hounds”, el tema que da nombre al álbum combina las vibraciones del desierto con tonos más propios del blues de los setenta.  Húmedo pasajes que dan un giro con riffs mas propios de Hendrix entre coros redentores. Una evolución hacia estado de fuerza entre los arenosos vientos del desierto.

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Reseña.- VESTJYSK ØRKEN.- «Full Dark No Stars»

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«FULL DARK NO STARS» es el segundo álbum del trío danes VESTJYSK ØRKEN. Si en su debut «COSMIC DESERT FUZZ», publicado hace un par de años, ya nos mostraron sus credenciales, aquí encontramos a la banda más compacta, más pesada y mucho más  espacial y psicodélica si cabe. Tomando como referente las películas de ciencia ficción de los años 60’s y 70’s nos embarcan en un auténtico viaje cósmico en el que las guitarras del desierto  polvoriento navegan por espacios siderales en una nave que como combustible, utiliza fuzz de alto voltaje. Con un poderoso y grueso sonido de bajo, acompañado de unos tambores funky, rompen la tierra en una catarsis hipnótica explorando las fronteras de la psicodelia pesada. Toda una ópera espacial de rock desértico de proporciones realmente épicas con drones y sintetizadores.  Cuarenta y cinco minutos en cuatro largos temas que consiguen atraparte como si de un agujero negro se tratara. Un álbum que hará las delicias de los mas fieles seguidores de la psicodelia pesada más psicotrópica, pero que también gustará a los fans del desert-rock así como a los amantes del rock espacial. Siempre bajo una narrativa cinematográfica, consiguen crear la banda sonora para una ceremonia de sonidos pesados y pasajes narcóticos siempre con muchas dosis de fuzz intoxicante y nebuloso como bandera. Una conjunción cósmica entre los sonidos del desierto y las atmósferas siderales de la que fluyen las chamánicas voces rituales. La banda participará en la próxima edición del festival Esbjerg Fuzztival del cual su guitarra Bo, es el promotor. Inicialmente previsto para desarrollarse la próxima semana, ha sido pospuesto para el primer fin de semana de agosto, fecha en la que esperemos que la situación actual haya cambiado. 

El álbum estará disponible el próximo 8 de mayo a través de Interstellar Smoke Records en una edición limitada de vinilo negro de 250 copias.

VESTJYSK ØRKEN son: Bo Sejer (voz y guiatarra), Thomas Bonde Sørensen (batería)
y Søren Middelkoop Nielsen (bajo), con la colaboración de Lasse Loklindt Christensen en el tema “A boy and his dog”.
Con una enigmática introducción evolutiva en una atmósfera psico-espacial “Forbidden planet”, tras una breve locución se adentra en un espacio en el que el fuzz toma el mando de la nave danesa. El crujiente bajo avanza irreductible en una hipnótica catarsis creando un torrente turbio a su alrededor. Los crujientes sonidos se complementan con la sutileza de los acordes de la guitarra en un segundo plano. Un ambiente brumoso del que emanan extrañas locuciones siderales mientras el tema adquiere intensidad sobre esos letárgicos acordes del bajo. Inmersos en un espacio en el que los alucinógenos nos intoxican con una tormenta lisérgica que trata de atrapar nuestros sentidos. El tema se toma un respiro en su densidad sónica para descender a mágicos espacios de los que surge una chamánica voz ritual. Bajo tonos ceremoniales los conjuros acaban haciendo que el tema explote para recuperar toda su pesadez sin perder un ápice su magnetismo. Aquí la guitarra de Bo Sejer, colorea con su guitarra un tema que muta en sus formas, sobre el turbio ambiente doom generado por el implacable bajo. Heavy-psych en estado puro durante 15 intensos minutos de gruesos sonidos y efectos lisérgicos. Como si de un manantial de psicotrópicos se tratara, el tema borbotea desprendiendo intoxicantes vapores en una combinación de plomizos momentos doom y hechizantes voces reverenciales. El poder de oculto parece brotar en un oscuro ritual de un tema intenso y penetrante que nos atrapa como las arenas movedizas.

Tras el impactante viaje del tema anterior, “Kurt Russel” con ritmos mucho más dinámicos y repetitivos nos golpea entre extrañas locuciones. Como si el tema se hubiera atestado, tarda dos minutos en arrancar para guiarnos hacia atmósferas siderales entre el punzante y repetitivo ritmo. Los efectos nos sacan del hipnótico trance para invadir el entorno con una bruma narcótica. Un estado que el trío danés sabe manejar a la perfección. Una vez pasado el ecuador del corte, el frenético ritmo parece haberse agotado, disipándose entre efectos siderales. En realidad, se trata de un espejismo, ya que revive del letargo para tomar una senda más psicotrópica si cabe. Con efectos espaciales sobrevolando entre locuciones convierten el corte en una perfecta banda sonora para un film futurista de mediados de los setenta.

Con un comienzo algo inquietante, “A boy and his dog” toma ritmos kraut para dirigirse por una senda cósmica. Incesantes locuciones en lo parece la antesala de un nuevo despegue de la nave danesa. Aturdidores pasajes de los que emerge una guitarra que repite una y otra vez sus acordes. Una conjunción cósmica entre los sonidos del desierto y las atmósferas siderales de la que fluyen las chamánicas voces. Retomando el ritual, como si estuvieran invocando a alguna misteriosa divinidad el cortejo continúa. Traspasando la frontera de una nueva dimensión la ceremonia continúa en nuevo escenario en el que los pasajes heavy-psych se desarrollan entre humeantes ye intoxicantes atmósferas. Una bruma que se ve asediada por los vientos generados por los múltiples efectos. Si bien el tema pasa por distintas oscilaciones mantiene siempre su pesadez arrastrando una voluminosa estela de fuzz.

“Journey”, un nombre quizás demasiado obvio para lo que nos espera.  Un auténtico paseo cósmico por desolados desiertos siderales en un mantra sonoro que nos cautiva como un agujero negro. La nave espacial tiene sus deposito cargado de fuzz para desarrollar ese trance catártico por insondables espacios siderales. Sonidos gruesos llenos de un gran magnetismo con un ritmo hipnótico que nos golpea una y otra vez. Un cierto tono doorsiano en la chamánica voz crea una conjunción en la que el desert-rock coquetea con el rock espacial. El vacío intergaláctico se describe bajo misteriosos pasajes psicodélicos de una gran belleza. Envueltos en una narrativa lisérgica y cósmica el corte gravita baja la calma infinita del espacio sideral. Nuevas locuciones nos advierten de una nueva embestida casi doom, para dejarse llevar entre los incesantes platillos por una exploración psicotrópica   descomunal hasta desvanecerse en el infinito. Después de su escusa, solo puedo decir, ¡wow!    

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